Es determinante encontrarse a uno mismo a ese ser brutal o genial que llevamos dentro y que nos hace ser como realmente somos, en este punto de introversión espontánea nos damos cuenta de que simplemente no hay otro camino, de que la vida no espera y a los pobres tontos que nos hemos quedado detenidos en el tiempo ella nos mira con sorna mientras nos quita la red de debajo cuando vamos así, con esa prisa más, en el ruinoso intento de contactar con una triste realidad, al paso trágico y tremendo conque tocamos fondo.
La mayoría no somos capaces de predecir estas caídas, ni de pensar siquiera en que podemos caer y un buen (o mejor mal) día amanecemos con el suelo moviéndose bajo nuestros pies, moviéndose de modo apenas imperceptible al principio y con catastrófica inminencia luego, para cambiar el entorno de todo lo que conocemos como rutina y cotidianeidad. Todo puede empezar con una duda, un silencio, una vaga sensación de soledad, una perdida mas o menos importante( la del apetito, la del tiempo, la de las emociones que conmocionan , la de los valores, la del empleo, la de un amigo, la pareja o un familiar queridos), hasta llegar a la mayor perdida: la de uno mismo; esa sensación de no encontrar a quien fuiste, de no saber quje quieres o donde estas, de estar perdido irremediablemente en el eterno laberinto en espiral que es el sobrevivir, porque el vivir ya es otra de esas ausencias que tanto duelen.
Y ahí estoy, mirándome al espejo, perdida dentro y fuera de mi, sola en una basta soledad muda que no me hace la corte, que no me guiña el ojo ni me sonríe, que es tan dura como la cruel realidad de afuera, esa que no me quiere, que no me hace una con ella ni me deja espacio para ser yo, o al menos quien yo creo que soy.
Y estoy ahí, sola, lenta, perdida, embotada y casi físicamente quántica, dividida en muchos universos paralelos en los que mis átomos y partículas se rompen con un ruido de cristales rotos y se dispersan sin cesar entre una y otra realidad donde no hallo ya nada de mi solo a esta extraña que me mira desde el cristal con cara de abulia y de tristeza pidiéndome que la rescate de mi misma, que la salve, que me la lleve lejos donde pueda al fin encontrarme entre una multitud que se dispersa como el humo.